Acá no me faltan muchas cosas. Claro, los amigos, la familia hacen falta pero no es ninguna tragedia que el mail o el teléfono no puedan aplacar. Incluso si una tarde me da la nostalgia y la escena de tomar oncecita con marraqueta con palta y té Club rojo; o si salivo por unos panqueques con manjar Nestlé; o incluso si quiero comerme un arrollado o un pernil lo puedo solucionar: Voy al centro de Montréal y pago un precio increíble para curar mi nostalgia.
Ejemplos (con la conversión en pesos chilenos): Un pequeño colegial, mil pesos; una lata de Bilz, 900 pesos; un kilo de manjar Nestlé, 4 mil pesacotes. Una locura, lo sé, pero en esos casos de urgencia hay que pagar sin chistar.
Pero lo que de verdad, desde el fondo de mi corazón, necesito y no encuentro es el mar. El mar me acompaño desde que nací. Quilpué esta a media hora del mar. Los partidos del Colo contra Wanderers los vi con la brisa marina en la cara, brisa que se transformaba en huracán y que provocaba los reclamos desesperados del equipo santiaguino. Más tarde, estudié en la UPLA, frente al mar, vi ballenas desde la Piedra Feliz, descubrí Laguna Verde, redescubrí Horcón y me enamoré del color azul, esa brisa como un suspiro constante y la sal pegada en el cuerpo.
Pero me vine para acá y acá no hay mar. Hay un rio enorme, gigante, desde algunos puntos con el horizonte como el mar, con puestas de sol como el mar y donde transitan barcos como en el mar. Pero no es el mar, no es azul, no tiene olas, tiene gaviotas pero no sal.
Para mirar la puesta de sol verdadera y las olas dentro de Quebec hay que viajar unas 8 horas en auto y, aunque el paisaje es de una hermosura imponente y monumental dicen que no es lo mismo, porque el mar aun está mezclado con el rio y el Saint Laurent con sus tintes grises y cafés, celosin, no deja que el océano se muestre tal como es.
Entonces, borro la idea de ir a la Gaspésie a reencontrarme con el mar. La otra opción, muy a pesar mío, es ir a Estados Unidos, que esta más cerca y donde el mar es mar.
Hampton Beach esta solo a un poco más de dos horas y tengo la certeza que será el lugar donde vuelva a correr por la playa, meta las patitas al agua y vea, con esa emoción con no se termina nunca, ese sol gordo y naranja esconderse tras el horizonte. Lo sueño.
Y haré algo tan absurdo como pedir la visa gringa solo para atravesar la frontera por unos kilómetros. Lo otro seria esperar dos años más y, con mi ciudadanía canadiense, cruzar la frontera como un vecino de confianza. Pero no aguanto. Debe ser luego. Aunque estos gringos tramiten hasta decir basta a causa de su paranoia y no devuelvan los 130 dólares si me rechazan. Además, sinvergüenzas. Pero no tengo otra. El mar es mi mayor necesidad. No quiero que siga siendo un recuerdo.
dimanche 27 avril 2008
Hay de todo menos mar
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