dimanche 27 avril 2008

Il me manque la mer

Là, il ne me manque pas beaucoup de choses. Bien sûr, les amis, la famille, mais je peux gérer cette tragédie avec le courriel et le téléphone. Et si une soirée je sens la nostalgie de manger comme en mon pays, je peux aller au centre-ville et acheter les mêmes choses, à prix de fou, mais les mêmes choses à la fin.
Mais la seule chose que me manque, au fond de mon cœur, c’est la mer. J’ai été à côté de la mer de que je suis né. Ma ville de naissance, Quilpué, est à 30 minutes de la plage. Quand j’allais voir mon équipe de soccer favorite j’allais au stade que se place presque sur l’océan : Le stade municipal de Valparaiso. Plus tard, J’ai étudié à la UPLA, université que permet de voir la mer dé la salle de class. Magnifique. Aussi j’ai pu voir les baleines d’un roche que s’appelle La Piedra Feliz, j’ai découvert Laguna Verde et j’ai redécouvert Horcon.
Mais je suis venu au Québec et là il n’y a pas de mer. Il y a le Saint-Laurent, un fleuve énorme, beau, ou il passe de bateaux comme en la mer, ou le soleil se couche comme à la mer : mais ce n’est pas la mer, il n’est pas bleu, il n’a pas de vagues. Il y a des mouettes mais pas du sel.
Pour regarder le vrai coucher du soleil et les vagues, on doit aller en Gaspésie, quelques 8 a 10 heures en voiture. C’est vrai que le paysage est monumental, d’une beauté impressionnante, mais ce n’est pas la même chose, car la mer est mélangée avec le fleuve et le Saint-Laurent, petit jaloux, ne laisse pas que l’océan se montre comme il est.
Alors, J’efface l’idée de la Gaspésie. L’autre choix, ce que je n’aime pas, ce d’aller aux États-Unis, plus proche et ou la mer c’est la mer.
Hampton Beach est à un peu plus de deux heures d’ici et J’ai la certitude qu’il sera le lieu ou je vais pouvoir, de nouveau, mettre les pieds dans l’eau, courir par la sable et voir, avec cet émotion que ne s’arrêt jamais, ce soleil gros et orange se cacher arrière l’horizon. Je rêve de ça.
Fait que je suis obligé à demander la Visa américaine pour quelques kilomètres. Je ne peux pas attendre à avoir ma citoyenneté canadienne pour aller en États-Unis comme un voisin respectable. Je ne suis pas capable. Ça doit être maintenant. La mer est ma nécessité. Je ne veux pas que cela continue d’être seulement un souvenir.


Hay de todo menos mar

Acá no me faltan muchas cosas. Claro, los amigos, la familia hacen falta pero no es ninguna tragedia que el mail o el teléfono no puedan aplacar. Incluso si una tarde me da la nostalgia y la escena de tomar oncecita con marraqueta con palta y té Club rojo; o si salivo por unos panqueques con manjar Nestlé; o incluso si quiero comerme un arrollado o un pernil lo puedo solucionar: Voy al centro de Montréal y pago un precio increíble para curar mi nostalgia.
Ejemplos (con la conversión en pesos chilenos): Un pequeño colegial, mil pesos; una lata de Bilz, 900 pesos; un kilo de manjar Nestlé, 4 mil pesacotes. Una locura, lo sé, pero en esos casos de urgencia hay que pagar sin chistar.
Pero lo que de verdad, desde el fondo de mi corazón, necesito y no encuentro es el mar. El mar me acompaño desde que nací. Quilpué esta a media hora del mar. Los partidos del Colo contra Wanderers los vi con la brisa marina en la cara, brisa que se transformaba en huracán y que provocaba los reclamos desesperados del equipo santiaguino. Más tarde, estudié en la UPLA, frente al mar, vi ballenas desde la Piedra Feliz, descubrí Laguna Verde, redescubrí Horcón y me enamoré del color azul, esa brisa como un suspiro constante y la sal pegada en el cuerpo.
Pero me vine para acá y acá no hay mar. Hay un rio enorme, gigante, desde algunos puntos con el horizonte como el mar, con puestas de sol como el mar y donde transitan barcos como en el mar. Pero no es el mar, no es azul, no tiene olas, tiene gaviotas pero no sal.
Para mirar la puesta de sol verdadera y las olas dentro de Quebec hay que viajar unas 8 horas en auto y, aunque el paisaje es de una hermosura imponente y monumental dicen que no es lo mismo, porque el mar aun está mezclado con el rio y el Saint Laurent con sus tintes grises y cafés, celosin, no deja que el océano se muestre tal como es.
Entonces, borro la idea de ir a la Gaspésie a reencontrarme con el mar. La otra opción, muy a pesar mío, es ir a Estados Unidos, que esta más cerca y donde el mar es mar.
Hampton Beach esta solo a un poco más de dos horas y tengo la certeza que será el lugar donde vuelva a correr por la playa, meta las patitas al agua y vea, con esa emoción con no se termina nunca, ese sol gordo y naranja esconderse tras el horizonte. Lo sueño.
Y haré algo tan absurdo como pedir la visa gringa solo para atravesar la frontera por unos kilómetros. Lo otro seria esperar dos años más y, con mi ciudadanía canadiense, cruzar la frontera como un vecino de confianza. Pero no aguanto. Debe ser luego. Aunque estos gringos tramiten hasta decir basta a causa de su paranoia y no devuelvan los 130 dólares si me rechazan. Además, sinvergüenzas. Pero no tengo otra. El mar es mi mayor necesidad. No quiero que siga siendo un recuerdo.